Roman's profileEl mundo a través de mis...PhotosBlogListsMore Tools Help

My Custom Part

No content has been added yet.

El mundo a través de mis ojos

Expresión de un simple ciudadano que ve el mundo a través de un par de anteojos y un PC, contando sus experiencias e inútiles aventuras que aunque irrelevantes para el mundo, son inolvidables para quien las comparte.

Fantasías trémulas

Enemigo de mi guarda…
 
Enemigo de mi guarda de ausente cortesía
Nunca a mi ofendas con regalo o pleitesía.
amarga mi alma con un poco de hiel
que con digno veneno te responderé
 
¡Otra nochesita! Tanta cafeína en mi organismo no deja que un poco de sueño sosiegue mi vagabunda conciencia. Como siempre, mi indecente laptop, sujeta de mis manoseos mecanográficos, deja que me desahogue con ella sin que tenga yo que escuchar “oye, ya déjame dormir, son las cuatro de la mañana”.
Me convierto en victimas de mis propios delirios de escritor y sucumbo a la tentación de expresar en prosa banquetera las ideas que en mi mente arremolinan y algodonan.

Hace meses me visitó un pariente político de esos que con el tiempo y a base de evitar cualquier signo de confrontación con tu persona, empiezan a ganar tu aceptación hasta que empiezas a considerarlo un amigo. No sé si indignarme más de la mediocre actitud de quien como espejo sólo emula mis ideas y las repite para ganar mi aceptación o de mi estúpida ingenuidad que a sabiendas de la falsedad que tras el buen comentario se esconde acepto tan ruín compañía. Largo tiempo ha pasado desde la última vez que lo ví, creo que le presté herramienta, y aunque sé que viene a pedirme algo, me alegro de verlo, porque aunque lo sé falso, es una persona agradable y graciosa. Creo que abriré mi propia línea psíquica, porque con fatídico final atino a mi súbito pronóstico cuando lo veo venir “esta cabrón viene a pedirme algo”, y tal cuál, el “pariente-amigo”, me saluda con salamería y dispone cinco minutos de su tiempo para hostigarme con halagos para hacerme recordar cuánto lo estimo. Después de su discurso, y sin demasiado preámbulo revela su intención de bendecir mi chequera con el honor de expedirle sendo préstamo personal que por la entrañable amistad que nos une, hace la distinción de permitir yo le haga. Para mi suerte, este bello cuerpo llevaba ya algunos alcoholes en su registro (jugaron las chivas y ganaron), y con la desinhibición que me caracteriza en ese estado, pierdo las formas y le contesto: “hombre gracias por el favor”. Creo que si me desempeñara en el servicio exterior ya hubiera provocado la tercera guerra mundial, porque dicen que nada ofende más a un sinvergüenza que la cruda verdad, y para el caso de mi disque pariente no fue la excepción, cuando indignado por el comentario sólo atina a expresar su descontento y a desaparecerse de tan intempestiva forma como se presentó. Diosito, si creyera en tu existencia, agradecería tu divina intervención, mira que ponerme briago antes de recibir tan poco rentable visita, es providencia celestial.

Días después, la tía Gertrudis(1), de esas tías políticas que nunca te aceptaron, de esas que piensan que siempre fuiste poca cosa pa’ su sobrina, se hace presente so pretexto de estar de visita por la ciudad. “Dile a la pinche vieja que vaya mucho a fregar a tu abuela”, declaro a la sobrina consanguínea de la doña y con el miedo de enfrentar una huelga de piernas cerradas, acepto recibir al aborto de Satán en mi casa (al fin que encontré en el eMule(2) un manual para exorcizar mi casa cuando se vaya el esperpento).
 
Mientras más pienso en la tía Gertrudis, más amo a mi suegra
 
“Espectro mutante, animal rastrero, escoria de la vida, te odio y te desprecio”, es lo que se merece doña “Venenosa”, que hedionda a azufre, comienza a criticar todo lo que a su paso se encuentra, “tía, qué bueno que nos visita”, le digo al recibirla (translation: “mother fucker I hate you”).  Y sin siquiera decir “hola”, comienza su tóxica rutina mata autoestima:  “cuando ocupe un lame-botas te busco”. Para no cederle excesivo espacio a tan despreciable y chafa clón de Picachú, diré que recibo una crítica para cada aspecto de mi vida: mi empleo, mi casa, mi forma de vestir, mi aparente desespiritualidad, mi pragmatismo, mis aficiones, la forma de educar a mis hijos… todo… absolutamente todo. La sensación de ese instante es algo especial, parecido al amor a primera vista pero al revés. Con mi primera novia, alquimista de todas mis hormonas, existía un súbito despliegue de euforia mezclada con locura, belleza y fulgor (¡qué cursi caray!). Con la tía Gertrudis experimentaba exactamente lo opuesto, una profunda depresión mezclada con rabia y desesperanza (se me hace que esta doña pidió un préstamo a alguno de los bancos esos grandotes que quebraron, con su sola presencia generó la crisis financiera mundial).

Muy a pesar a la oscura vacuidad que esta criatura maldita genera a su alrededor, percibo algo distinto en mi persona: la sensación de “odio a primera vista” se disipa con prontitud y con cierta sorpresa veo que mis emociones se amansan frente a lo que en otrora tierna juventud hubiera sido un súbito y descortés comentario o la inmovilidad propia de no saber qué responder.

Si bien con el “pariente-amigo” la sensación resultante a su visita fue desagradable, la que se avizoraba aquella tarde era todo lo contrario, la emperatriz del infierno me estaba regalando un momento de extraña quietud cuando mis respuestas, cargadas de burlona y ácida ironía, la hacían torcer el hocico (así es “hocico” como el de los animales).

No obstante descubierta, por fin, un arma que puedo utilizar frente al cáustico fustigamiento de mi ingrata visita, retrocedo en mi actitud avasallantemente cínica que parece debilitarla como si le presentara un crucifijo a drácula. Es la tía Gertrudis, mi acérrima enemiga, que se toma la molestia de ser franca frente a mí, le desagrado tanto como ella a mi, es mi Némesis intelectual y no dará tregua para hacerme parecer un idiota en cualquier ocasión (y vaya que lo ha logrado muchas veces). ¡Por Dios! Comienzo a tenerle respeto a la condenada.

Cada crítica que con los  hechos refuto y destruyo, me cede fuerza y seguridad, cada espinoso comentario que de ella se desprende, es una invitación a trascender. 
Creo que esta aberración de la naturaleza ha hecho más por mí que profesores, pseudoamigos y parientes cercanos, hizo su correspondiente aportación a mi carácter sometiéndolo a prueba.

Caray, ¿debo apreciarla por ello?.. no, definitivamente no. Quiero evitar que me pase lo que a las ostras, que para prevenir que una escoria les lastime, la cubren de nácar. Así que no quiero revestir a mi enemigo con falsas cualidades que sólo son proyecciones de las que yo quisiera tener.
Así que inmediatamente, uso una de mis vulgaridades domingueras para terminar con este lapso de quietud reflexiva, y provocar en esa doña alguna de sus letanías acostumbradas: “no debiste casarte con él, mija”, “no se podía esperar más de ti…”, “ese es el ejemplo que le das a tus hijos…”.
El reloj sigue su marcha y la hora de la desagradable visita termina, mi cónyuge, a propósito me pide busque algo en la habitación de arriba mientras ella despide cariñosamente a su tía para evitar amargarle el momento, me parece extraño como esa mujer puede ser tan desagradablemente hostil con mi persona, pero a la vez tolerante, permisiva y cariñosa con mi mujer, vaya personaje.
Sea éste pues el párrafo final de tan extraña historia que a estas alturas de la madrugada raya en la alucinación.
Concluyo que todas las personas debieran hacerse de un enemigo, en caso de no tener ninguno, pero nunca tan grande como para no poder vencerlo, ya que a falta de fuerza para derrotarlo, llega la tolerancia para comenzar a quererlo, y quien empieza a querer a su enemigo, comienza a traicionarse a si mismo.

Crónicas prosáicas

El misterio del gentilicio impúdico
 
¿De dónde nos visitan?  -con amabilidad casi mecánica pregunta el joven que despacha en estanquillo dispuesto para atender turistas despistados en Reforma-, Jalisco!, responden algunos; “Colima”, dicen otros; yo simplemente guardo dubitativo silencio mientras evoco recuerdos de mi niñez en aquellos lugares, pero antes que el silencio se extendiera más, declaro: “De Bélgica, cuatro veces, pero no me gustan las de mi país!”. El joven que instantes atrás acartonado recitaba su “speech” de anfitrión tercermundista no puede evitar entrecerrar los ojos mientras ahoga una involuntaria carcajada ante la presencia de las damas y de mi inesperada respuesta… “Oh, un ciudadano de Bélgica… de esos hay muchos por aquí”;  las inocentes miradas de quienes acompaño no pueden esconder su desconcierto que sólo exhalta la pícara intención de tan impúdico gentilicio (1) y suelto a reír tratando de respetar la discreción de mi espontáneo cómplice abreviando al máximo mi morboso disfrute de la confusión ajena.

Sin dar pie a inmediatas explicaciones me abro paso entre el pequeño grupo y con billetera en mano pido un boleto para el “turibus” que abordo casi de inmediato por delante de mis compañeros.

La casi inocente curiosidad de un coterráneo dispuesto a develar los crípticos misterios de mi origen europeo, no deja de requerirme envidiosa explicación por los instantes previos al abordaje cuando de unas cuantas palabras, pude obtener algo de diversión. Por un momento me sentí parte de una especie de secreta sociedad que esconde de los profanos los misterios del altísimo albur, así que con actitud altiva acompañada de una mueca que no puede ocultar mi burlona malicia, respondo: “paciencia mi pequeño saltamontes”.

Dejando atrás las intrigantes razones de mi ciudadanía honoraria, coloco mis audífonos para escuchar el audio explicativo de nuestro recorrido que sólo aumenta el letargo heredado del hastío y el cansancio que nunca esta ciudad exenta de cobrarme como rutinario peaje de mi ahora indiferente transitar por ella, amén del enervante sonsonete de un motor que pareciera diseñado para no pasar desapercibido aún en esta ruidosa ciudad.

Ante este hipnótico vaivén comienzo una de mis acostumbradas filosofocaciones (2) que me conducen al naufragio mental de las ideas. Sólo me rescata la curiosidad del compañero que abandona su lugar al final del pasillo y no queriendo darse por vencido casi me reclama por una explicación: “ándale cabrón, ya dime...”
Cuando sucumbo a la tentación de revelarle la malsana intención escondida detrás del fálico gentilicio, me mira por tan sólo un instante y ríe escandalosamente. La chusca intriga le bastó para mantenerse risueño el resto del trayecto lejos de donde yo me encontraba.

Al bajar del vehículo, coincidimos en las escalinatas y sonreímos siendo ahora hermanos de la misma vulgaridad: “Con qué de Bélgica ¿verdad cabrón?”, afirma sin dejar de mirarme, dejando evidencia del conocimiento que le fue revelado a manera de epifanía chilanga.

Minutos después, caminando el grupo a nuestras respectivas habitaciones de hotel, una compañera cuestiona con ingenuidad: “Oigan, ¿cómo está eso de Bélgica?”, el ahora iniciado en la orden del sagrado albur, me consulta con la mirada y sentencia:”Paciencia mi pequeño saltamontes, paciencia…”

(1) Belga es el nombre de los oriundos de Bélgica
(2) Filosofoco. Etimológicamente proviene del vocablo filos que significa amor y sofoco que denota precisamente eso: ausencia de aire, es decir, que filosofocación es la acción de ahogarse con sus propias estupideces

Cinta-terapia

Musitando al ventilador
 
“Baje dos tallas en tan sólo 5 días”, “llame ya”. Las frases han comenzado a ganar familiaridad en mis noches de insomnio; el sistema de televisión de cable local ha dictaminado que no soy cliente de su interés por vivir a tan sólo 15 metros del final de su cobertura –menudo ejemplo de “vivir al límite”. Por eso es que cuando el cansancio me abandona y mi ábaco ovejero prefiere pastar en praderas de otros insomnes, sucumbo ante la maravilla de los genios de la felicidad instantánea, que prometen cambiarme la vida con tan sólo 15 minutos tres veces por semana, sin menospreciar, desde luego, los servicios telefónicos 01-900 y su indiscutible aporte a la humanidad. Sea pues mi adicción a la televisión abierta nocturna y sus infomerciales, tomada como un acto de solidaridad hacia todos los enajenados nocturnos del planeta.

La noche refresca y, no obstante mi delirio ante el democrático entretenimiento público, me distraigo ante la invitación que mis reservas calóricas hacen para coquetearle al ventilador que, después de 15 años, bien podría servir de ejemplo sobre el uso atípico de la cinta adhesiva como instrumento único de reparación de cualquier electrodoméstico. Es increíble como la ausencia de botones en su caja de control, lejos de ser molesto, se ha convertido en una útil característica cuando a media noche y con la luz apagada hay que activar tan indispensable aparato a través de la exploración táctil de sus controles.
 
Siendo este escenario el que gobierna el ambiente, llega a mí a manera de epifanía, la idea sobre cómo mi viejo ventilador y su ajuar de cinta adhesiva puede convertirse en una lucrativa iniciativa. Ya puedo imaginármelo: una despeinada mujer vestida cuál la más fodonga de las comadres de vecindad, sudando como cerdo (1) frente al desvencijado ventilador, suplica por ayuda al no poder refrescarse en un caluroso día de verano; entonces entra mister maskin teip para salvarle la vida y mostrarle la cinta supercalifragilisticaespialidosa marca acme y su poder para resolverle la existencia; seguida escena, aquella mujer mata pasiones se transforma en una super sexy usuaria de un ventilador rehabilitado usando la sabiduría milenaria de la cinta adhesiva. Lo tengo todo planeado, cuando la versión de papel de la cinta haya pasado de moda, entraré con nuevos producto como la cinta canela o la cinta pegajosa mata moscas, incluyendo un video sobre autosugestión refrigerante donde explique a los fieles del consumismo, formas para aprovechar al máximo su renovado aparado soplador: “adentro el aire bueno, afuera el aire malo” (2). ¡Será todo un éxito!

En fin, inconcientemente menciono mi nuevo mantram publicitario en voz alta, y me doy cuenta que pasada la media noche me encuentro musitándole al ventilador que tras un par de golpes no atina funcionar. Me imagino qué podría decirle a mis futuros clientes de la cinta adhesiva milagrosa ante una situación similar y resuelvo: “si en treinta días no está satisfecho le devolvemos su bochorno. Garantizado!!!”.
 
(1) Jamás he visto sudar a un cerdo, uso la frase como acto de fe acerca que los marranos si pueden sudar.
(2) Si, se lo copié a “Don gato y su pandilla” 

Oda a la gratitud

A mis incomprendidos héroes

No es menester mío ensalzar el mecenazgo de todos los que han patrocinado mi casi artística trayectoria –en estos tiempos donde cualquier cosa extraña es denominada “arte”-, ni tampoco especular sobre cuán adversa hubiera sido mi existencia de no contar con su pródiga intervención. Quisiera en cambio, mencionar a algunos de los casi invisibles héroes que incomprendidos en su mayoría, involuntariamente ejercieron la influencia suficiente en mi conciencia para enfilar el rumbo de mis actos hacia horizontes desconocidos, si bien muchos tempestuosos, todos llenos de aventura y enseñanza.

  • A mis padres, porque con el cromosoma necesario me facilitaron la vida procreándome hombre.
  • Gracias a mi amiguita Lucía del kindergarden por enseñarme que las faldas de las niñas sirven para ver por debajo.
  • A las mujeres difíciles, porque me ayudaron a interesarme en las chicas fáciles.
  • A las chicas fáciles porque me hicieron apreciar a las chicas buenas.
  • A las chicas buenas por no haberse alejado.
  • A mis maestros de humanidades, que con su mediocridad me invitaron a estudiar ciencias.
  • A mis maestros de ciencias por hacerme cambiar de parecer.
  • A mis malos jefes, porque haciendo lo opuesto a sus enseñanzas, me fue bien.
  • A Murphy por su optimismo.
La inacabada lista de agradecimientos deberá revisarse con periodicidad para que el ejercicio retrospectivo de evaluar las coyunturas pasadas y sus consecuencias puedan ponderarse y actualizar mi “ranking” personal de precursores de inspiración.

Efectos secundarios

El reencuentro de los apodos
 
Me da gusto saber que hay cosas que el tiempo no puede tocar. Atrás de los ya no tan lozanos rostros, las sobrias vestimentas y de la mesura de la adultez, sigo viendo los mismos alegres, chispeantes y hasta perversos ojos que denotan lo que en el interior de cada uno se gesta.
 
"Ingeniero" les llaman a algunos; "licenciado", a otros más, pero quien nos haya conocido en otrora época, se daría cuenta que esos títulos no son sino otro apodo más de los que estábamos acostumbrados a recibir.
 
 
 
Photo 1 of 20

Roman

Occupation
Interests
Andante que busca viajar por la vida en clase turista, colectando de vez en vez algún bonito pero inevitablemente efímero souvenir